Carlos Crivell.- La imagen se repite con frecuencia. En las entrevistas a buenos aficionados ya maduros, siempre aparece la imagen entrañable contada por su protagonista. “De pequeño iba a los toros con mi padre, recuerdo que íbamos a una grada de sol y sombra. Mi padre vio de chico a Belmonte. Me contaba las cosas que pasaban en las corridas con su amplia experiencia y así me hice aficionado”. Sin embargo, las cosas ya no suelen ser así. Hay otra escena que todos habremos vivido. Nos dice un varón de alrededor de treinta años: “A mí me gustan los toros, pero la verdad es que no entiendo mucho. A veces veo corridas en televisión, pero nunca he ido nunca a la plaza. Por cierto, como usted es crítico, seguro que le sobran algunas entradas para alguna buena de la feria...”
Hemos pasado de la foto del niño con su padre en los toros en los años cuarenta y cincuenta al joven maduro de nuestros días que quiere ir alguna vez, que dice que le gusta la Fiesta, pero que nunca ha pisado un coso taurino. Y quiere acudir algún día de lujo, pero sin pagar.
Es el signo de los tiempos. Parece como si fuera preciso hacer proselitismo taurino para ganar adeptos a la tauromaquia, como si ser aficionado fuera equiparable a pertenecer a una secta. Tal vez sea verdad, que tenemos que captar nuevos aficionados a la causa, para que la luz de la afición no se extinga lentamente. Y si hay que hacer nuevos aficionados, debemos comenzar por los de nuestra misma sangre. Si usted tiene hijos y éstos acuden a las plazas de toros, enhorabuena. Ha cumplido con la misión de inculcar su afición a sus descendientes. Si no es así, algo no de ha hecho bien. De todas formas, como idea en este año que comienza, bueno sería que todos los aficionados que tenemos hijos lográramos que sintieran lo mismo que nosotros hemos sentido desde nuestra más tierna infancia, probablemente de la mano de nuestros padres, y captaran la grandeza de una corrida de toros. La idea sería: Los hijos de los aficionados, que también sean amantes de la Fiesta.